El cuidado

En los últimos 20 años el cuidado informal de personas mayores dependientes —aquel que no es llevado a cabo por profesionales del ámbito sociosanitario, ni es remunerado y mayoritariamente realizado por familiares— se ha convertido en un tema de especial relevancia, tanto desde un punto de vista social como clínico. Debido esencialmente al envejecimiento de la población y al incremento de enfermedades degenerativas, cada vez hay más más personas cuidadoras que ocupan esta posición durante más tiempo (Casado y López, 2001).

Los cambios sociales acaecidos en nuestro país, tales como la incorporación de la mujer al mercado laboral, la disminución de la estabilidad familiar, la desaparición de la familia extensa y las redes informales tradicionales, el aumento de la movilidad social y laboral, y la disminución del tamaño de las viviendas, hacen que haya menos personas en disposición de cuidar. En consecuencia, cuando aparece la dependencia, el cuidado recae sobre unas pocas personas que se ven claramente sobrecargadas. Se produce, pues, una situación paradójica en la que, por un lado, hay una demanda creciente de apoyo (más personas dependientes, más enfermedades degenerativas...) y, por otro, una disponibilidad de cuidadores/as en disminución (menos personas en el hogar y, en la mayoría de los casos, con ocupaciones fuera).

Cuando alguien enferma o presenta algún tipo de dependencia, dentro del sistema familiar hay un cuidador/a principal que asume las tareas de cuidado básicas, con las responsabilidades que ello acarrea, que es percibido por los restantes miembros de la familia como la persona responsable de asumir el cuidado del enfermo/a, sin que generalmente haya llegado a desempeñar ese papel por un acuerdo explícito de la familia, y que en general, no percibe una remuneración económica por sus tareas. Es muy raro que toda la familia comparta equitativamente el cuidado de la persona mayor dependiente tratando de “trabajar en equipo”. La mayoría de las veces el/la cuidador/a principal es casi el/la cuidador/a único/a.

No se puede negar que en muchas sociedades, incluida la nuestra, hay unas expectativas no escritas sobre quién debe cuidar en el caso de que esto sea necesario. Y si una persona mayor se pone enferma o necesita de atenciones en las actividades de la vida cotidiana, se espera que su esposo o esposa, si puede, le cuide. Y si este no puede, el género pasa a ser un factor determinante, de modo que ser mujer (ser la hija, la nuera, la nieta, la hermana, la sobrina, etc.) se asocia al rol de cuidador/a. De algún modo se espera que cuidar de los/as familiares mayores sea una tarea de las mujeres, como una extensión de su rol maternal, del reparto de tareas domésticas, o como consecuencia de las distintas relaciones y afinidades que se establecen en función del género (Abengozar, 1992; Bazo, 1998; Bazo y Domínguez-Alcón, 1996; Collins y Jones, 1997; Flórez, 2002; Lee, 1992).

En consecuencia, según el estudio del Imserso (2005), cuando las personas mayores requieren ayuda, su cuidador/a principal suele ser una mujer (84%), de edad intermedia (M= 53 años), ama de casa (44%) y en la mayoría de las ocasiones hija (50%) o cónyuge (16%). Datos similares se encuentran en el estudio de Escudero et al. (1999) donde el 90,4% de las personas cuidadoras son mujeres, el 54% hijas, tienen una edad media de 59 años, aunque el 69% de los cuidadores es mayor de 64 años. También es mayoritaria la presencia de cuidadoras de mediana edad en casi todos los estudios realizados en nuestro país (Alonso, Garrido, Díaz, Casquero y Riera, 2004; Bazo y Domínguez-Alcón, 1996; Mateo et al., 2000; Rivera, 2001).

Maridos y esposas de familiares necesitados/as de cuidados creen que las mujeres son las personas más apropiadas para ejercerlos y las esposas sienten una mayor obligación de cuidar a sus parejas que los maridos (Collins y Jones, 1997). Además, cuando el receptor de cuidados es un varón, en la mayoría de las ocasiones son sus cónyuges (77,6%) las que se hacen cargo, en cambio, cuando las receptoras de cuidados son mujeres son mayoritariamente las hijas (65,9%) las que se encargan de atender a sus madres (Badia, Lara y Roset, 2004). De hecho, los hijos varones de los mayores dependientes se ocupan de su cuidado cuando no hay ninguna hija que pueda atenderles, y estos hijos suelen contar con la ayuda de sus esposas (Grand, Grand-Filaire, Bocquet y Clement, 1999; Horowitz, 1985; Llácer, Zunzunegui y Béland, 1999). Así, en los estudios con personas cuidadoras se pueden encontrar nueras o cuñadas ejerciendo el rol de cuidadoras, pero no se suelen encontrar yernos o cuñados desempeñando ese mismo papel (Valderrama et al., 1997).

Es, por tanto, en las esposas e hijas donde descansa mayoritariamente la asistencia a las personas mayores. Por eso, si antes se afirmaba que el cuidado es de número singular, con toda justicia ahora se puede afirmar que es “de género femenino” (Rodríguez y Sancho, 1999).

No obstante, y a pesar de que cultural, social y estructuralmente, las tareas de cuidado han sido atribuidas a las mujeres, es tarea de todos y todas sensibilizarnos de que la atención requiere de la corresponsabilidad e implicación tanto de las instituciones como de las familias, independientemente de ser hombres o mujeres, visibilizando que el cuidado de una persona dependiente en el entorno familiar es, a menudo, una tarea compleja que provoca diferentes efectos en las personas cuidadoras y que exige reorganizar la vida personal, familiar, laboral y social en función del tipo de ayuda necesitada.

Las personas cuidadoras deben hacer frente a nuevas situaciones, muchas de ellas generadoras de estrés, que pueden repercutir en su bienestar y calidad de vida.

Los sentimientos que se experimentan cuando se está cuidando a una persona dependiente son diversos (tanto positivos como negativos hacia la persona que se cuida y hacia una misma). Es importante destacar que la situación de cuidar al familiar no tiene por qué ser necesariamente una experiencia frustrante, pudiendo llegar a encontrarse aspectos gratificantes en la tarea de cuidado. Cuidar también puede reportar satisfacción.